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| ESE INFIERNO |

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| Autores:
Tokar, Elisa |
| Temática:
Derechos humanos
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| Editorial: Sudamericana | ISBN: 9500720876
| | Cod. Interno: 9789500720878 | | Idioma: Español | | Tapa: Rústica, cosida a hilo con tapa pegada | | Páginas: 280 |
| | Precio: $U 345.00 (U$D 18.01)
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| Convivir con el otro Cavallo, el torturadorMarcelo RaimonWashington, DC.- La Escuela de Mecánica de la Armada (Esma) centro de detención y tortura de la dictadura argentina (1976-83) fue, para quienes pudieron sobrevivir y contarlo, el escenario de una vida cotidiana.En ese imponente edificio rodeado por las calles repletas de automóviles, autobuses y paseantes del elegante barrio de Núñez, en la ciudad de Buenos Aires convivieron, a veces en una relación de amor-odio, prisioneros y torturadores, entre los que se destacaban personajes como Alfredo Astiz, Jorge El Tigre Acosta y Ricardo Miguel Cavallo, alías Sérpico o Marcelo, detenido en México y sujeto a un proceso de extradición a solicitud de España, donde es acusado de los delitos de tortura, terrorismo y genocidio. Cinco mujeres sobrevivientes de la Esma se reunieron para intercambiar sus recuerdos y experiencias de aquellos penosos años: el horror de los secuestros y las torturas, las conversaciones diarias con sus captores, las invitaciones a cenar al mundo real y hasta las actividades que estos hombres realizaban en sus momentos libres, como picanearse entre ellos con bajo voltaje de electricidad. Las grabaciones de dichos encuentros forman el contenido del libro Ese infierno: conversaciones de cinco mujeres sobrevivientes de la Esma, que el 1 de agosto será presentado en Argentina por la editorial Sudamericana. Dichas mujeres son la periodista Miriam Lewin, la muralista Nilda Actis, la ahora estudiante de psicología social Elisa Tokar, la antropóloga Liliana Gardella, la maestra y concejal de la localidad bonaerense de Vicente López, Cristina Aldini, y la médica rural Adriana Marcus. Las autoras coinciden en que el renovado desfile de los militares argentinos ante juzgados de diversos países por las causas de robos de menores delito que no se incluyó en las leyes de amnistía fue la señal que las convenció de que era el momento de hablar. No nos conocíamos todas, pero al unísono dijimos que sí cuando llegó la propuesta de grabar las conversaciones, aun cuando no supiéramos hacia dónde conducía la experiencia, dice a Proceso Miriam Lewin, actualmente una destacada reportera de televisión en Buenos Aires. No teníamos en claro en ese momento que íbamos a publicarlo. Es más, creo que algunas de nosotras nunca se hubieran sentado a hablar ante la sola mención de que esto se haría público, dice. Lewin confiesa que nuestra experiencia, esa proximidad obscena con los represores, con nuestros propios torturadores, nos ha dejado marcadas para siempre. Fingir una 'recuperación', en el sentido en el que ellos nos la proponían dentro de su locura delirante, nos demandó una enorme cantidad de energía. Y nos exigió también una enorme cantidad de esfuerzo declarar en su contra ante la justicia, en los juicios que siguieron al final de la dictadura. Nos persiguieron, nos abrieron causas judiciales con acusaciones falsas en plena democracia, tuvimos que tragarnos la rabia por los perdones y esperar a que por la sustracción de menores o por acción de jueces extranjeros, volvieran a la cárcel, dice la periodista, quien recuerda que, antes de ese retorno, nos habíamos cruzado en la calle con ellos y se dieron el lujo de tratarnos con sorna, seguros de su impunidad, después de haber torturado y matado a tantos de nuestros compañeros. No todas coincidieron en las celdas de la Esma, por donde pasaron entre 1977 y 1979, pero mediante las horas de conversación ante la grabadora construyeron un relato único de tintes macabros y surrealistas. Y de allí salieron las crudas pinturas de la convivencia con los represores. Cavallo narra Lewin era un miembro conspicuo del grupo de tareas de la Esma. Era un tipo especial, bastante más inteligente que el resto, más diplomático. Un cínico. Sus jefes lo usaban para cuestiones de 'relaciones públicas': recibía a periodistas extranjeros, departía con ellos en los cócteles de la Cancillería, Dice que en aquellos años, Cavallo era el modelo de muchacho joven de apariencia europea que los marinos juzgaban de-seable: sus ojos azules, su cabello rubio y sus facciones angelicales, además de su habilidad para hablar con calma, evitando los duros términos militares, hicieron que lo designaran para manejar las relaciones con los familiares de los secuestrados que se encontraban esclavizados dentro del grupo de tareas, obligados a usar su capacidad para el plan político populista de derechas del almirante Eduardo Massera, que quería ser otro Perón. Sérpico tenía a su favor un arma temible para convencer a los detenidos elegidos para esas labores. Los que no cooperaban podían terminar con una inyección de pentotal, arrojado a las aguas del Río de la Plata desde un avión en un vuelo de la muerte, dice la periodista, quien recuerda que su compañera Marcus llegó a tener una tenebrosa relación de cercanía con Cavallo, quien la sacaba del centro de detención para comer en un bar aros de cebolla y contarle sus conflictos con la novia. Conviviendo con el enemigoEn el prólogo del libro, las autoras escriben: Rememorar la frustración por haber caído con vida, la pastilla de cianuro como liberación y sacrificio por los demás. La tortura y, después, la charla y la convivencia con los propios torturadores. Recordar los 'traslados' masivos, seguidos de intempestivas e insólitas invitaciones de los secuestradores a cenar, las visitas familiares con custodia y sin ella, los 'paseos o lancheos' en realidad, excursiones a la pesca de nuevos secuestros y la angustia de hacerlos con exmilitantes que estaban dispuestos a entregar a otros; revivir la obligación de participar como testigo en esos secuestros y como 'cobertura' en operativos en la calle. Cenar y mirar televisión simulando que no se sentía nada cuando se escuchaban los gritos de la tortura en el cuarto de al lado. Temer a los excompañeros que se habían transformado en represores y a veces oír las confesiones de algún represor que se quebraba entre lágrimas. Hacer el amor a escondidas con un compañero y alguna vez escuchar y tratar de entender a otra prisionera viviendo la contradicción de amor-odio con un represor. Resistir o desmoronarse varias veces al día. Todo eso, junto o por separado. Todo eso envasado en los mismos cuerpos, en las mismas almas. Una parte de las conversaciones de estas sobrevivientes ofrece una estampa de la vida cotidiana en la Esma:Nilda: Una vez, en una cena, se armó un lío con El Tigre, que no sé cómo no me mató.Elisa: ¿Por qué?Nilda: El Tigre dijo algo así como que Dios era el que decidía quién se iba para arriba y quién no. Yo, en un alarde de querer congraciarme porque me tenía en la mira, le dije: ¡Ay! Pero su diosito debe ser medio malo, porque acá somos muy pocos. Elisa: ¿Y qué te dijo?Nilda: Me gritaba: ¿Y vos por qué creés que estás acá? ¿Crees que si no hubiese sido por Jesusito estarías acá? ¡Vos te hubieses ido para arriba! ¡No sé qué te pasa a vos!. Fue espantoso, creí que me mataba. ¡Se lo dije para congraciarme y no fue así! Yo no podía creer que él creyera lo que estaba diciendo, pensé que estaba bromeando.Adriana: Tu carrera: la diplomacia.Nilda: Seguro. Hice otra en El Globo (un conocido restaurante en la zona de la Avenida de Mayo, en pleno centro de la ciudad, NdE) que también me salió mal. Siempre hacía cosas para congraciarme...Elisa: ¿También con El Tigre?Nilda: ¡Claro, mi problema era El Tigre!Elisa: ¡Ay! ¡Por Dios! Qué tipo siniestro.Nilda: Cuando estábamos cenando me dirijo al Tigre y le digo: Yo realmente no entiendo por qué ustedes, que tienen la posibilidad de irse casi todas las noches a sus casas, se quedan en la Esma. Seguramente sus familias deben necesitarlos, sus hijos deben estar criándose sin la imagen paterna....Adriana: Dios, la patria y la familia.Miriam: Lo que le decías estaba dentro de la representación de la recuperación que se esperaba de nosotras como mujeres apegadas a lo familiar.Nilda: Ellos insistían con que nosotros destruíamos a la familia. ¡Si ellos se quedaban en la Esma, también la destruían! Po-dían irse a la casa en sus días francos y no lo hacían. ¿Cuál fue la respuesta del Tigre, encolerizado? A los gritos, de manera que en El Globo entero se escuchaba lo que decía: ¿No te das cuenta de que ustedes son las culpables de que nosotros no nos queramos ir a nuestras casas? El Tigre gritaba: ¡Con ustedes se puede hablar de cine, de teatro, se puede hablar de cualquier tema... Se puede hablar de política, saben criar hijos, saben tocar la guitarra, saben agarrar un arma! ¡Saben hacer todo! Ustedes son las mujeres que nosotros creíamos que sólo existían en las novelas o en las películas, y esto ha destruido a nuestras familias! Porque... ¡ahora qué hacemos con las mujeres que tenemos en nuestras casas!, seguía gritando como un desaforado.Cristina: ¿En serio?Nilda: Te lo juro.Elisa: Esas cosas entre nosotras las hablábamos y no podíamos entender cómo algunos oficiales hacían vida de chupado. Pero no sabía que ellos lo manifestaran...Nilda: ¡Era demasiado para ser teatro y tan a los gritos! Todo el tiempo les preguntaba a los otros: ¿No? Y seguía: ¿Qué es lo que puedo compartir con mi mujer? Voy el sábado y hablamos sobre si el domingo vamos a ir o no al club, si vamos a llevar la canasta o no vamos a llevar la canasta, si vamos a ir con otros... Esto es lo que comparto con mi mujer. Y el domingo vamos al club y el tema es: que trajiste la sombrilla, que me falta la silla, que la silla se la llevó el de al lado... ¡Otra cosa no puedo compartir con mi mujer!. Como amigosAdriana: Ese tipo de cosas también las de-cían Trueno y Marcelo. Me acuerdo de que Marcelo hizo crisis con su novia y, cuando ya estábamos afuera, muchas veces nos pasaba a buscar a Ana y a mí, nos llevaba a tomar o a comer algo y nos hablaba sobre temas íntimos.Elisa: ¡Como si fueran amigos!Adriana: Nosotras estábamos a su cargo, él tenía que controlarnos, velar por nuestro satisfactorio proceso de recuperación, estar al tanto de lo que hacíamos.Miriam: Como en las películas yanquis, el parole officer (risas).Adriana: Alguna vez tuve la sensación de que a algunos de estos tipos, en un rincón de lo que les quedaba de humanidad, estaban quebrados, no sólo por lo siniestro que hacían, sino también porque conocieron a otra gente. A nosotras como mujeres atípicas para ellos y a los compañeros. Les rompimos algunos esquemas.Nilda: Mariano muchas veces me contaba cosas. Una vez, muy apesadumbrado, me dijo: Llegué a mi casa y mi mujer me mostró los últimos pasos que había aprendido, porque está aprendiendo a desfilar. ¡Me voy de acá, llego a mi casa y mi mujer me desfila! Yo la miro y pienso que no tengo nada que ver, esta historia la comparto con ustedes, no con ella.Miriam: Salvo que a la mayoría los mandaban para arriba por compartir esa historia...Nilda: Pequeño detalle.Elisa: Ese tipo de relaciones entre los secuestrados y los torturadores no se daba en 1977.Nilda: No, seguro. A mediados y finales del 78 tenían más tiempo, ya no les quedaba mucha gente por matar.Elisa: Si bien, vos contás que El Tigre te lo dijo abiertamente, el hecho de que no se fueran a sus casas era un tema que nosotras comentábamos. Nos parecía que los tipos se quedaban porque ahí compartían con los secuestrados un mundo que probablemente no podían transmitir en sus casas. Seguramente no les decían a sus esposas lo que hacían. ¿Qué podía decirle Mariano a la suya? ¿Hoy estuve torturando a tres mujeres y les pasé picana? Miriam: Vos, Adriana, contaste días pasados que en los ratos libres se daban picana el uno al otro.Nilda: ¿Cómo?Adriana: Sí. Eso me lo contó Marcelo. Cuando no tenían trabajo... (trabajo éramos nosotros, que caíamos), en sus horas libres, se picaneaban entre ellos.Nilda: ¿Cómo se daban? ¿Con poca corriente?Adriana: Por supuesto, probando.Nilda: ¿Para saber de qué se trataba? No me imagino a uno de ellos desnudo atado a una cama con una capucha, arqueándose.Nilda: Y con una diferencia fundamental: todos eran pares. No era uno intentando hacer sentir todo su poder para someter al otro. Era absolutamente diferente, aunque la intensidad de la corriente hubiese sido la misma.Elisa: No, ellos jugaban. Postales de un viaje al infierno Cinco mujeres, rehenes de la ESMA durante la dictadura, dialogan sobre sus vivencias en Ese infierno. En este adelanto, una sesión de teatro del absurdo. Cristina: Cuando ustedes ya no estaban adentro, me tocó vivir un episodio increíble. Un día apareció un tipo, un oficial que tenía bastante rango, que me adoptó ¡Fue una experiencia horrorosa! ¡Hasta me avergüenza contarlo! Tenía un grado bastante alto, no sé cuál. Estaba completamente loco y además era alcohólico. Cuando faltaba poco para que yo saliera de la reclusión permanente en ese lugar, MARIANO me había mandado hacer montañas de fotocopias con la consigna de que cuando terminara todo ese trabajo me dejarían ir (...) Un día estaba en los Jorges haciendo las fotocopias y apareció este tipo, que desvariaba. Mi imagen le recordaba a una sobrina suya que estaba desaparecida. Venía y me preguntaba qué hacía, y yo le hablaba lo menos posible. De pronto empezó a decir que los que habían estado detenidos ahí no estaban muertos, que estaban en el Sur, que se los habían llevado en helicópteros. Como estaba tan loco, cuando podían los otros se lo llevaban: pero son tan esquemáticos, subordinación y valor ante todo, que el tipo pedía cualquier cosa y todos se cuadraban.Munú: ¿Eso era en la época de ABDALA?Cristina: Sí. El tipo se había obsesionado conmigo. Me identificaba con su sobrina y me hablaba de ella. Decía que estaba feliz de haberme conocido y que por eso iba a organizar una cena en mi honor. (...)Cristina: Fue en los Jorges, en una de esas oficinas donde siempre estaba el TIGRE...(...) Yo no quería saber nada,. Entonces vinieron a hablarme ESPEJAIME, el gordo SELVA... para convencerme de que fuera.Miriam: ¿Este hombre, el loco, había participado en la represión? ¿Era parte del Grupo de Tareas?Cristina: Aparentemente no, pero sabía todo lo que pasaba. De pronto se ponía a hablar con los detenidos y por ese motivo había habido más de un problema con sus visitas. La cuestión fue que organizó una cena con mozo y todo... ¡Y con los altos mandos! Estaba el TIGRE, creo que CHAMORRO, también estaba MARCELO y dos o tres marinos más. Era un escena, no sé qué calificativo usar... muy delirante y siniestra. El tipo decía incongruencias y todos se la seguían. (...)Munú: ¡Vos sola con todos esos monstruos! ¿Estaban de pie o sentados alrededor de esa mesa?Cristina: Sentados. Y en la mesa, un mantel todo bordado, copas, cubiertos. Un marino en función de mozo, disfrazado. Y todos siguiendo la corriente. Cuando yo ya estaba al borde de la locura me llevaron a un lugar donde había un piano de cola.Munú: ¿En los Jorges?Cristina: No, me sacaron en auto y fuimos a un gran salón ubicado en otras dependencias de la ESMA, fuera del Campo...Munú: ¡Qué espanto!Cristina: ¡Una locura total! El tipo se puso a tocar una pieza de música clásica y me pidió que me parara al lado del piano. Los demás contemplaban la ceremonia sobreactuando a un agrado que resultaba más escandaloso que la misma locura del concertista. En un momento en que yo pensé que no iba a poder resistir más, MARCELO me sacó de escena. Dijo algo como que tenía que irme, que tenía que llevarme. Me metió en un auto y me llevó a la casa de mis viejos sin pronunciar palabra. Llegué en un estado que me cuesta mucho describir, como shockeada, y encima no podía contar lo que me pasaba. Fue uno de los episodios que viví en la ESMA en que me vi obligada a tomar un sedante, cosa que no había hecho en mi vida... |
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