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NO TE VAYAS CAMPEÓN

Autor: Fontanarrosa, Roberto
Temática: Fútbol :: Humor
Editorial: Sudamericana
ISBN: 9500718006
Cod. Interno: 9789500718004
Idioma: Español
Tapa: Rústica, cosida a hilo con tapa pegada
Páginas: 272


Precio: Consultar
 
Un repaso caprichoso y algo desmemoriado de un hincha sobre muchos de los grandes equipos del fútbol argentino. Roberto Fontanarrosa desarrolla una serie de notas inéditas, mayoritariamente antojadizas, donde recorre opiniones, recuerdos, retratos de futbolistas, semblanzas, jugadas, goles, alegrías y decepciones. Un libro en donde conviven textos y cientos de fotografías, apto tanto para los seguidores hinchas de la lectura, como para la sufrida parcialidad que gusta de mirar las figuritas. ¿Produce alucinaciones ópticas la camiseta de Chacarita? ¿Quién fue el verdadero héroe de aquella final entre Racing y el Celtic? ¿De qué color era, en verdad, Paulo Valentim? Éstas y muchas otras incógnitas se intentan develar en No te vayas, campeón. Leer algo:Desde la legendaria Máquina de River (foto) al Boca de Maradona y Brindisi, pasando por el Racing campeón intercontinental, el humorista y escritor Roberto Fontanarrosa evoca, con su particular estilo, los equípos y los jugadores que hicieron la historia grande del fútblo argentino.No vi a ese River, lo confieso. Está presente, sí, en la memoria genética de los argentinos. Venía de La Máquina (verdadera máquina del tiempo que obliga a retrotraerse siempre a esa época cuando llega la hora de la evocación) y subrayó con una banda roja, diagonal, la mitología grande del fútbol argentino. Se adivina que en esos equipos emblemáticos, cuyas virtudes nos contaron nuestros mayores, está el ADN de nuestro fútbol. Ese River histórico Walter Gómez, Prado y Loustau; que luego sería también de Mantegari, Alfredo Pérez, Pipo Rossi, Vairo y otros, configura una suerte de abuelo sabio, canchero y bon vivant que nunca conocimos, pero del que tanto nos han hablado y que tanto influyó en nuestros modales y costumbres. (...)Alcancé, luego, a ver retazos de aquel gran River de los '50. Esquirlas, destellos que llegan del fondo de los tiempos, como esas luces que son detectadas por los telescopios miles de años después de que una estrella remota se ha apagado. El Beto Menéndez en Boca y en Huracán. El Mono Zárate, jugando extraordinariamente bien, en Banfield. Del Cabezón Sívori alcancé a ver un derivado, un símil-Sívori, en la figura de Desiderio, otro petiso habilidoso surgido en Estudiantes pero cuyo parecido con el nicoleño no trascendió mucho más allá de usar también las medias bajas. Me limité, entonces, a escuchar los comentarios de los mayores que habían visto jugar a Walter Gómez, a Vernazza, a Prado, a Alfredo Pérez, tratando de reconstruir mentalmente un cuadro del cual sólo había apreciado fragmentos. De allí en más fui testigo presencial. Pero el relato de aquellos hinchas viejos, las imagenes de esas fotos en blanco y negro, me ayudaron a comprender un poco más y un poco mejor cómo somos y de dónde venimos. No creo que se pueda decir que Maradona solo sacó campeón a ese equipo de Boca del '81 o, como se dice comúnmente y con un cierto matiz despectivo hacia la capacidad futbolística del gremio de la construcción, rodeado de diez albañiles. Me consta que hay albañiles que juegan muy bien al fútbol y quizá sería más acertado decir rodeado de diez bioquímicos o de diez escenógrafos. (...) La cuestión es que en ese Boca estaban el Loco Gatti, Marcelo Trobbiani (un pisador al estilo del actual Riquelme), Escudero, el Chino Benítez y, muy especialmente, Miguelito Brindis¡. El encuentro de Maradona y Brindis¡ fue como el encuentro de dos almas gemelas, de dos espíritus sensibles a quienes, en algún momento, el destino habría de juntar en una comunión digna de ser cantada por Armando Manzanero. (...)Por supuesto, ese campeón del Metropolitano del '81 no escapaba a la tradición boquense de garra y lucha que, en algún tiempo, se sintetizó como ¡A la carga Barracas!, y que luego podría reconocerse en el ¡Giunta, Giunta, Giunta, huevo, huevo, huevo!. Los zagueros centrales eran, sin ir más lejos, Mouzo y el Cabezón Ruggeri, dos grandotes firmes, hoscos y poco amables. (...) En el plantel había también otros luchadores, de esos que aseguran al público boquense el condimento de potencia y encontronazo. Suárez, en un lateral, y Córdoba, que le pegaba muy bien a la pelota, en el otro. Passucci, por ejemplo, de una nobleza y una precariedad técnica notorias; el uruguayo Krasouski, macizo, de piel muy blanca, algo lento y metedor; y también el Puma Morete, goleador clásico; y Perotti, un puntero izquierdo más que peligroso, veloz, guapo, algo confuso pero de buena pegada.Sin Diego, ese equipo hubiese sido de todos modos un equipo dificil, incómodo para cualquier rival, de esos que nadie quiere enfrentar. Con Diego adquirió un plus de jerarquía y eternidad que, al menos en ese Metropolitano, ningún otro equipo pudo llegar a equiparar. De cualquier forma, de una manera u otra, Diego nunca abandonó a Boca.UN HEROE ANONIMORacing del '66 fue un ejemplo de equipo donde sus jugadores determinantes, conductores, coincidieron en un gran momento y transmitieron ese espíritu a los jugadores de acompañamiento. Se trató de un plantel aluvional, donde se juntaron un poco casualmente, bajo la dirección técnica de Juan José Pizzuti, una serie de nombres que verían de otros equipos o de afuera, como Humberto Maschio, con algunos pibes que llegaban de abajo. Y se armó un equipazo, avalado por el gran nivel de sus mejores exponentes, como Cejas, Perfumo, Basile, Rulli, el mismo Maschio, y el contagio que generaron en los demás jugadores, digamos, entre otros, el Panadero Díaz, Mori, Yaya Rodríguez, etcétera. (...)Lo primero que me viene a la memoria cuando evoco a aquel Racing es la determinación casi suicida para ir al ataque. Y la prepotencia, certeza y convicción con que buscaban el gol de cabeza en las jugadas con pelota detenida. Martinoli era, precisamente, uno de los que le pegaban desde la derecha en corners o tiros libres, confiado en la precisión y la potencia con que le entraba a la pelota. Y allí iban todos. Subía el Coco Basile, tal vez el que imponía mayor respeto por su altura y corpulencia; el Coco era de esos cueveros de enorme personalidad; subía también el Panadero Díaz, que cabeceaba muy bien y era realmente agresivo; Raffo, que pese a su baja estatura se elevaba estupendamente y le entraba mejor; subían el Yaya, el Chango Cárdenas, e incluso el brasileño Joao Cardoso. (...).Creo, pese a todo, que la fama de aquel Racing histórico, la leyenda sobre aquel equipo que nos contagió a todos, se debe a un héroe anónimo, a un héroe civil, desconocido. Y es el cameraman que siguió la trayectoria de aquella pelota inconcebible del Chango Cárdenas en el gol único y definitorio de la final contra el Celtic, en el estadio Centenario. Porque aún hoy, con los adelantos técnicos, con la mayor experiencia que tienen los hombres de la televisión, en esos pelotazos largos y sorpresivos que no provienen de tiros libres sino de balones en juego, la cámara suele perder la trayectoria de la pelota quedándose un instante de más con el jugador que patea. Cuando la cámara, finalmente, alcanza la pelota, en muchas ocasiones ésta ya está en la red, el arquero se revuelca sobre el césped y la gente grita como loca. Pero aquel prócer televisivo, que nos traía el partido hasta el televisor en la casa de Fernando y que contaba tan sólo con una cámara, tan única y vital como el gol definitorio, se prendió al vuelo interminable de esa pelota desde la partida en el empeine zurdo del Chango hasta el ángulo superior derecho de Fallon sin perderla un instante. Nunca largó esa pelota, manteniéndola siempre casi en el centro del cuadro, como focaliza un cazador a su pato, hasta que la bola se metió allá arriba y nos hizo saltar y estallar a todos en el living de la casa de Fernando, conscientes de que estábamos gritando un gol histórico. ...HAY QUE MARCARLO dl BOCHINICuando pienso en Independiente, pienso indefectiblemente en Bochini. Con ese caminar algo bamboleante, el pasito corto, un poco cabizbajo, el ceño fruncido como si siempre estuviese preocupado por algo, la pelada y un mechón de pelo volado hacia el costado. Como dibujado. Como si alguien le hubiese dibujado el pelo y, antes de que se secara la tinta, le hubiese pasado el dedo por encima, sin querer, dejando un manchón. Siempre parecía haber viento en las canchas donde jugaba el Bocha, por ese pelo. (...)No tenía un gran físico, por supuesto, ni era un gran cabeceador dada su altura, como tampoco podía anotarse demasiado pegándole desde afuera o dándole en los tiros libres, especialidad que, en el equipo del '77 por ejemplo, se confiaba más que nada, a la potencia y precisión de Trossero o de Bertoni. Parece mentira que un futbolista con tan poca presencia física haya llegado a ser el maravilloso jugador que sin duda alguna fue. (...)Daniel Bertoni era el brazo armado de Bochini. El que iba a rematar la jugada, el que traducía en gol lo urdido por su compañero. Fue con Bertoni, ¿con quién si no?, que el Bocha elaboró la pared que le permitiría empatar sobre la hora aquel partido histórico contra Talleres, obteniendo el Nacional '77, luego de que los cordobeses, a 15 minutos del final, se pusieran 2 a 1, y los rojos se quedaran con ocho hombres por protestar.En ese equipo del '77 jugaban otros, por supuesto. Villaverde, por ejemplo, un 2 ágil y fibroso, de una velocidad fantástica para llegar a cubrir ambos laterales. Trossero, su compañero de zaga, fuerte, de buena técnica y que le pegaba de zurda con un fierro además de cabecear muy bien. Y Outes, Magallanes, Barberón. El combativo Negro Galván, un mediocampista inagotable que corría por todo lo que no corría en la recuperación el mismo Bochini, por ejemplo. Pero, confieso, a mí el único que me importaba era Bochini, a pesar de que me obligaba a una extraña combinación de emociones: la angustia de verlo meter un pase de gol a un compañero y dejarlo mano a mano con el arquero de Central, y el maravillado asombro de preguntarme cómo carajo había hecho para meter ese pase de gol a un compañero y dejarlo mano a mano con el arquero de Central.UN VIRUS EN EL SISTEMASi me apuran, si me apuran, digo que el mejor goleador que vi en mi vida fue José Francisco Sanfilippo. Oportuno, descuidista, merodeador, el Nene tenía esa falta de interés por todo lo que sucedía fuera del área que solía mostrar, por ejemplo, el brasileño Romario. Trotaba a veces, caminaba, picoteaba entre los defensores rivales, como distraído, como ajeno al partido. Y partía de pronto: despegaba al encuentro de la pelota, hacia los centros que llegaban de los costados o, en diagonal, a las pelotas que le metían por abajo. La tocaba y la metía, le pegaba y la metía, la cabeceaba y la metía. Casi nunca estaba en contacto con la pelota, por eso era tan difícil y tan desalentador marcarlo. Porque no la tenía nunca. A diferencia de Pentrelli,que tocaba y se iba, el Nene tocaba y festejaba. Y cabeceaba muy bien Sanfilippo, pese a ser bajito, muy bajito. Llegaba justo, exacto, metido entre las axilas de los centrales, para corregir el rumbo de la pelota y mandarla adentro. A la ratonera, como él mismo definía los rincones bajos del arco, donde generalmente los postes (de madera y cuadrados en ese entonces) están pintados de otro color, como están pintados los árboles, de acaroína, para evitar el ascenso de las hormigas. Allí -diría nuestro amigo relator mexicano- donde las arañas hacen su nido.Agrandado, sarcástico, protestón, quejoso, egocéntrico, tenía ya treinta y ocho años cuando integró el San Lorenzo campeón del '72. Aunque allí los goleadores definidos eran el Lobo Fischer y Héctor Scotta, ya que el Nene muchas veces estuvo de suplente en los encuentros; sin embargo ilustró esa premisa que dice que los goleadores, a cierta edad, no se alejan del fútbol pero sí lo hacen del área; se había tornado un jugador más intelectual, más organizador de juego, más enganche, función que, por sus posibilidades técnicas, también podía afrontar. (...)En el '74, ya con Zubeldía como técnico, se incorporan al equipo campeón dos grandes figuras emergentes: el Negro Ortiz, indescifrable en la punta izquierda, y el elegante zaguero Jorge Olguín. Sin embargo hoy por hoy, cierro los ojos y me parece escuchar siempre lo mismo. Ese anuncio estentóreo y movilizador llegando a través de la radio de baquelita blanca, trémula sobre la mesita de luz de mi pieza de adolescencia: ¡Atento, Firoavanti!. Y luego el informe: Gol de San Lorenzo. Y usted, yo, todos, aun antes de que se completara la noticia, sabíamos, tenemos la seguridad, la certeza, de que lo había hecho Sanfilippo.
 
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TITULO ISBN o ISSN
:: 20 AÑOS CON INODORO PEREYRA9505157355
:: BOOGIE EL ACEITOSO. TOMO 1.9505156138
:: BOOGIE EL ACEITOSO. TOMO 10.9505156790
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:: BOOGIE EL ACEITOSO. TOMO 2.9505156146
:: BOOGIE EL ACEITOSO. TOMO 3.9505156154
:: BOOGIE EL ACEITOSO. TOMO 4.9505156162
:: BOOGIE EL ACEITOSO. TOMO 5.9505156170
:: BOOGIE EL ACEITOSO. TOMO 9.9505156685
:: CUENTOS DE FÚTBOL ARGENTINO9505118686
:: EL MAYOR DE MIS DEFECTOS Y OTROS CUENTOS9505151217
:: EL MUNDO HA VIVIDO EQUIVOCADO8479017694
:: EL MUNDO HA VIVIDO EQUIVOCADO9505151012
:: EL REY DE LA MILONGA9505151977
:: INODORO PEREYRA 249505157479
:: INODORO PEREYRA 289505157584
:: INODORO PEREYRA. 299505157657
:: LA MESA DE LOS GALANES9505151519
:: LAS AVENTURAS DE INODORO PEREYRA. TOMO 15.9505156715
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:: LAS AVENTURAS DE INODORO PEREYRA. TOMO 9.950515626X
:: LOS TRENES MATAN A LOS AUTOS9505151608
:: MARTIN FIERRO ILUSTRADO POR FONTANARROSA9505155727
:: NADA DEL OTRO MUNDO9505151152
:: NO Sé SI HE SIDO CLARO9505151039
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:: TODO BOOGIE EL ACEITOSO950515741X
:: UNO NUNCA SABE9505151330
:: USTED NO ME LO VA A CREER9505151896



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