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A solas con el milagro
En 2001 le realicé una entrevista a Mario Levrero. Curiosamente puedo afirmar que fue la primera vez que lo vi personalmente, a pesar de haberlo conocido mucho antes, y en más de una ocasión. Cuando era niño, a los 8 o 10 años, cambiaba revistas con la regularidad de un reloj suizo en el local de la vieja Varlotta, en Piriápolis. Más de una vez me atendió su hijo, Jorge, que para el mundo en general era "el hijo loco de la vieja Varlotta". No recuerdo que nunca nadie hiciera mención al hecho de que, además de ser un excéntrico, el hijo de la vieja Varlotta escribía.
Una decena de años después descubrí los libros de Mario Levrero. Descubrí, fui reconociendo de a poco, al mejor escritor uruguayo vivo, y a uno de los más importantes de la literatura nacional. Al tiempo, como en una revelación, descubrí también que ese autor poderoso, perturbador y genial era el hijo de la vieja Varlotta, con seudónimo. Y resultó ser un escritor al nivel de Felisberto, Quiroga u Onetti, y tal vez nadie más. Por cierto, nadie de sus contemporáneos.
Y en 2001 conocí al fin, con total conciencia, a Levrero/Varlotta, el gran autor y no el hijo levemente inquietante de la mujer que canjeaba revistas de Superman. Encontré a un personaje inclasificable, extremadamente maniático, reposado sin llegar a ser patriarcal ni frágil, dueño de una voz profunda y monocorde que volvió una pesadilla la desgrabación de la entrevista. Y ese personaje erigido en venerable analizó su propia obra con una concisión y lucidez que me dejaron asombrado. Hijo de puta, me acuerdo que pensé admirado, quién pudiera ser así de lúcido respecto a lo que uno hace.
Dicen que siempre es mejor conocer a un autor admirado por su obra. Durante un breve período gocé de la amistad de una persona notable, un ser humano peculiar y bastante enervante pero con una profundidad y un magnetismo asombrosos. Al poco tiempo tuve la (pensé) brillante idea de editar algún libro suyo, y por ese sencillo paso recibí un motivo de orgullo eterno y una maldición peor que cualquiera de las bíblicas. Por un lado me convertí en el editor de tres libros menores dentro de su obra, una de las actividades de mi vida que más me alegro de haber hecho. Por otro, cambié totalmente los parámetros de mi relación con él, y me volví, dentro del peculiar concepto de lo que él llamaba realidad, en un enemigo mortal. Así de raro era su proceder. Los libros aparecieron, pero el proceso fue pesadillesco. Durante el resto de su vida no volvimos a vernos, y desde entonces mi muletilla respecto a él fue "es el mejor escritor uruguayo vivo... lástima que sea un cretino". Así de irritante era en cuanto a cualquier relacionamiento profesional.
Pero estando yo enojado y todo, Levrero seguía siendo una presencia en mi vida. Su obra seguía igual de poderosa, y por conocer a mucha gente de su entorno íntimo, su personalidad seguía irradiando. Nadie que estuviera en contacto con él podía disimularlo u ocultarlo. Recluido en su apartamento de la Ciudad Vieja, seguía manifestándose en el exterior. Y enojado y todo, nunca me decidí a poner fuera de vista la foto en la que aparezco a su lado durante la entrevista original, y sigo considerando una de mis posesiones más preciadas el ejemplar de su primera publicación, el cuento Gelatina, que me regaló uno de los días en que lo visité.
Pensando en retrospectiva, no me arrepiento de lo breve del tiempo en que lo traté directamente. En el caso de Levrero, cada una de sus partes era igual a la suma de las mismas. Conocerlo brevemente, leerlo, frecuentar a sus seres queridos, ya es de por sí una experiencia fascinante. Era tanto su persona y sus actos como su obra, como las anécdotas que se cuenten de él, como la huella que dejaba en quienes se le acercaban. Era obsesivo, maniático y ritualista hasta lo ridículo, pero esos mismos elementos los aplicaba en lo que escribía, lo que hace que su obra completa sea un gran reflejo de sí mismo, capa a capa. Era narcisista y a veces manipulador, pero su contacto enriquecía la vida de quienes se le acercaban. Era necio, irritante y obcecado, pero el haber participado en la edición de libros suyos es un privilegio y una satisfacción que dudo mucho me abandonen nunca.
Era un genio recluso y centrado en un único tema, y ese tema era él mismo. Su obra, su vida y sus gestos mínimos eran la misma cosa. Se ocupó de complicar con sus manías el acceso del público a sus escritos (ayudado por varios agentes externos: su obra cumbre, El discurso vacío, está agotada desde que se publicó en 1996, por no haberse dignado el sello responsable a reeditarla), pero esa condición de secreto a voces hace más placentero el llegar a cada uno de sus libros. Tenía una personalidad tan intensa que el vacío que dejó en los que lo rodeaban de cerca es difícil de describir o medir. En mí mismo, que lo conocí poco y de mala manera, su muerte deja una angustia profunda y serena, como la que suele asociarse a la pérdida anunciada de seres queridos. Es el sentimiento que deja tras de sí la sensación de haber rozado casualmente, de haberse acercado apenas, a un hecho notable, a una presencia poderosa, a un milagro o a un prodigio.
Gabriel Sosa
El País. Sumplemento Qué Pasa, 4 de setiembre de 2004
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