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El factor identidad Maestro Zen
Todo el mundo perora sobre la libertad: Mario la ejercía, segundo a segundo. Hacía, siempre y exactamente, lo que le daba la gana. ¿Quién dijo que cuando suena el timbre uno tiene que abrir la puerta?
Afortunadamente, para nosotros, una de las cosas que más le gustaba era dar. Me tienta creer que, sin este accidente de su libertad, nos hubiera ignorado olímpicamente. Pero claro que no: dar era el obvio secreto de su libertad y su felicidad. Y varias generaciones nos beneficiamos de su maestría. Porque fue el mejor de los maestros. Me pasé semanas (o meses) rumiando una frase que me había dicho al pasar: tenía razón. ¿Y quién sino Levrero podía aguijonearte, presionarte y torturarte para que te animaras a ser, de una vez por todas, el escritor que eras? Pasaron veinte años. Lo vi muerto. ¿Para quién escribo? ¿Para quién escribimos ahora, amigos míos? Ya no está Mario para leernos. ¿Para quién escribimos?, insisto. A él lo entusiamaban nuestros libros más que a nosotros mismos. ¿A quién le vamos a mostrar nuestros garabatos? ¿Quién va a decirnos que sí, que cumplimos, que está orgulloso
de no haber hecho nada y de que nosotros hayamos hecho todo?
Porque yo no hice nada, decía siempre.
Tenía razón. Hizo solamente lo que le dio la gana: hacernos felices, etcétera.
Felipe Polleri
Brecha, 3 de setiembre de 2004
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