| Mario Levrero, de 64 años, abandonó este mundo en el Hospital Británico sobre las 9 de la mañana de ayer, producto de una aneurisma de aorta. Hace un tiempo el creador de La ciudad había tenido un problema cardiovascular. A partir de ahí, había dejado una carta en la que pedía que no quería que le hicieran ningún tratamiento. El domingo a la noche ingresó al Hospital Británico y los médicos le dijeron que si no lo operaban no había posibilidad de sobrevivir. Su esposa, que es médica internista y psiquiatra, respetó su voluntad.
Su nombre completo era Jorge Mario Varlota Levrero y utilizó otros como Alvar Tot y Lavalleja Vartelbit para sus labores literarias y artísticas. Su obra no se puede encontrar toda junta. La ciudad (1970) es su obra más conocida. Fue editada por Plaza Janés. Tiene, además, infinidad de cuentos publicados, la mayoría en Buenos Aires. Su último libro publicado, Los carros de fuego, está compitiendo actualmente por el premio Bartolomé Hidalgo.
"Soy adicto a la novela policial; a esta altura, soy lector compulsivo de alrededor de una novela diaria como promedio, y esto implica relecturas frecuentes. Cuando escribo no pienso en términos de géneros o subgéneros; sale lo que sale. A excepción de dos novelas, Fauna y Dejen todo en mis manos, que escribí a partir de un impulso de novela policial. La ciencia ficción suele aburrirme, y la novela policial me fascina", declaró Levrero alguna vez.
Y, por lo demás, Mario Levrero era tajante en tanto describir su modus operandi escritural: "En mis textos lo que hay es el resultado de experiencias interiores que para mí son muy reales; no suele haber invenciones, sino investigación del mundo del alma. Creo que mis textos son una herramienta para esas exploraciones. El texto vendría a ser una traducción, o puesta en palabras, de movimientos y aventuras anímicas para los que no hay un lenguaje específico".
Mario Levrero fue redactor, jefe de revistas de ingenio, fotógrafo, guionista de cómics y publicó las novelas La ciudad (1970), París (1980), El lugar (1984), Dejen todo en mis manos (1994), El alma de Gardel (1996) y El discurso vacío (1996). También escribió los libros de cuentos La máquina de pensar en Gladys (1970), Todo el tiempo (1982), Aguas salobres (1983), Los muertos (1986), Espacios libres (1987), El portero y el otro (1992), entre otros. La mayor parte de sus cuentos fueron publicados en Argentina. En los últimos años Levrero, que también escribió bajo los seudónimos Alvar Tot y Lavalleja Vartelbit, estuvo a cargo de varios talleres de escritura.
Su narrativa se caracterizó por utilizar la primera persona y, según críticos, por presentar "un mundo caótico, distorsionado, cruel, obsesivo, asfixiante".
Fue un escritor si se quiere mayor, que trabajó a tope las variantes del lenguaje y construyó universos fascinantes, como cualquier lector podrá apreciar si encara lecturas o relecturas de textos como La ciudad o El lugar. Para algunos, Levrero fue un raro de la literatura uruguaya. Para otros, un creador que se desmarcó claramente de la media de su generación. No es desmesurado calificar a la prosa de Levrero como una de las más importantes de la historia literaria uruguaya y -por qué no- una de las más trascendentes de América Latina. Fue y será un escritor de culto y, desde ahora, su obra factiblemente ganará cuerpo e interés en los potenciales lectores y hasta puede llegar a ser masiva en tiempos hegemónicos de la imagen.
La contundencia de su obra (con una trayectoria larga y prestigiosa, incluyendo reconocimientos como la beca Guggenheim, que Levrero obtuvo en 2000) permitió entonces que el escritor fuese poco conocido y prácticamente malinterpretado. En cualquier caso, estas y otras publicaciones demuestran que su obra (de la que destacan además títulos como París, Dejen todo en mis manos o Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo) ha recibido un impulso inusitado en los últimos años, tras décadas de silencio.
Además de su obra narrativa, Levrero colaboró con numerosas revistas lúdicas, de humor, de entretenimiento y ciencia ficción, revelándose como un vocacional en la elaboración de crucigramas y juegos de ingenio. Actualmente dirigía la colección literaria De los Flexes Terpines, que publica Cauce Editorial.
Diario La República 31 de agosto de 2004 |